Médico a domicilio

 


Elena tiene 40 años, Rubén, su marido 50. Llevan casados más de 15 años. Viven en un departamento de barrio norte en la ciudad de Buenos Aires. El sexo entre ellos siempre fue bueno, pero declinó en frecuencia y en calidad en los últimos 5 años.

Nada parecía ser preocupante, salvo que en las últimas veces a Rubén la había costado mucho lograr una erección pese a que ella se la chupaba y hacía todo lo que había a su alcance: lencería, palabras sucias, posiciones. Solo alguna vez mejoró cuando ella le dijo para ver si resultaba que estuvieran con una tercera persona.

Ese día, Vito, el hijo de ambos se había quedado a dormir en la casa de un amigo. Era un domingo por la mañana en que Elena se sentía realmente mal y con mucha tos. Cuando se tomó la temperatura y vio que tenía más de 38° no dudó en llamar a la obra social por un médico a domicilio.

Rubén vio la situación como un alivio para no tener sexo con ella. Cada vez que se quedaban solos, él se sentía con esa presión, pero al no poder conseguir una erección digna, saber que ella estaría enferma, lo aliviaba.

Pasaron unas horas y sonó el timbre. Ruben bajó a abrirle y entró el médico. No pudo determinar si tenía un buen aspecto ya que tenía un barbijo colocado.

Ambos vestidos de entrecasa, Rubén con un jogging y Elena con pijama y una remera manga larga.

Lo hicieron pasar al comedor. Elena se sentó en una silla de costado y le contó todos los síntomas.

Rubén se colocó delante de ella, de pie, a un metro. El médico, pidiendo permiso se colocó detrás de ella y le anunció que debía levantar la remera por la parte de atrás para auscultarla.

Elena miró a su marido y notó cierto brillo en sus ojos. No entendió a que se debía. El médico le pidió permiso para levantarle un poco el corpiño por la parte trasera. Ella se lo permitió y al momento de confirmarle notó con sorpresa que el miembro de Rubén se movía dentro del pantalón empezando a formar una pequeña carpa.

La cabeza de Elena se llenó de interrogantes y no supo como actuar en el momento solo atinó a volver la mirada a los ojos de su marido que no podía contener su excitación. Hacía años que no lo veía así.

No dudó. Le dijo al médico: deje que me desprenda el corpiño, así es mejor. Mientras lo hacía miró hacia el bulto de su marido que se movía creciendo como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Rubén no decía nada. Solo miraba y parecía disfrutar.

El médico continuaba con su labor profesional sin saber lo que pasaba en la pareja.

Elena fue por mas y dijo, me voy a sacar el corpiño porque me molesta. Lo hizo con un poco de dificultad sin sacarse la remera.

La imagen de Rubén viendo las tetas sin corpiño de su mujer era fascinante.
El médico vio de reojo el bulto de Rubén, pero no dijo nada y siguió con su labor profesional. No parece ser nada pulmonar, pero quiero quedarme tranquilo, voy a seguir un poco más si no tienen problemas. El doctor no los tuteaba a ninguno de los dos.

El bulto que formaba la pija en erección era descomunal e imposible de disimular.

Elena no quería que el clima decayera y mientras se miraba los pezones erectos lo miraba a su marido que no daba mas de calentura.

Dígame ¿tuvo algún otro síntoma?, preguntaba el médico.

Elena sentía como el corazón se le aceleraba y la boca se le secaba de excitación. ¿Aparte de fiebre, sudor? ¿Palpitaciones? Elena vio una luz en esa pregunta y dijo sin dudar. Sí, palpitaciones sí. Ahora por ejemplo tengo un poco.

En ese momento, el médico dudó. ¿Ahora mismo? Sí, dijo ella resuelta. A ver, gírese y me fijo. En el momento en que ella se giró, Rubén aprovechó para acomodarse el bulto dentro del calzoncillo llevando su pija para arriba. Cuando sintió la dureza de su miembro una correntada de excitación y alegría lo recorrió de pies a cabeza.

Elena se giró y sentada como estaba se puso de frente al doctor, que pidió a su vez una silla para sentarse él también.

Los pezones de Elena marcaban la remera de una manera casi obscena. No pasó inadvertido para ninguno de los tres. El médico empezó a sentir que esto empezaba a irse de las manos y una erección empezó a formarse debajo de su delgado pantalón.

Permiso, dijo el doctor y apoyó el estetoscopio en la parte superior del pecho derecho de Elena.

Rubén respiró fuerte por la nariz y Elena lo miró a los ojos. Ambos sabían que eso era una señal de excitación y ella le sonrió. Él por su parte tenía un brillo en los ojos que a ella se le antojó hermoso y no quiso que eso se diluya. Quizás fue por eso que le preguntó al médico: ¿Se escucha bien, doctor? Si, dijo él. Porque la remera es muy gruesa ¿no? Aclaró ella. Sí, reafirmó él entendiendo por donde venía la pregunta. ¿Escucha mis latidos bien? Ahora siento el corazón acelerado. Fíjese bien, doctor, por favor. A ver… bajó un poco el estetoscopio llevándolo cerca del pezón y la miró a los ojos. Ella asintió con la cabeza mientras lo miraba fijamente a los ojos.

El médico, a esta altura completamente excitado, pasó el aparato mas cerca del pezón mientras con su dedo meñique rozaba la punta que sobresalía de la remera.

Aghhmmmm, suspiró ella. ¿Duele? preguntó el médico para darle un tono de profesionalidad a algo que ya no lo era. No, siga por favor. El médico miró ahora al hombre. Rubén lo miró y aunque le costó que salieran las palabras, fue concluyente. Siga doctor, por favor.

Elena sentía que su concha era un lago. No recordaba estar en tal estado de excitación. El corazón le latía a mil por hora. La cara le ardía. Lo miraba al médico y no sabía como pedirle que siguiera. Tampoco tenía claro hasta donde su marido quería seguir.

 

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